No man’s land
Nuevo día. Despertamos tarde en Barbás pues el día anterior habíamos decidido quedarnos un día más, pero el cambio de opinión es la tónica habitual y desmontamos la tienda para salir pitando a la frontera ya que cierran a las 3 (es Ramadán). Al llegar uno ya intenta anticiparse a lo que se le viene encima, en el fondo no es más que tiempo y un poco de desesperación por la lentitud con la que las autoridades marroquíes trabajan. Es una opinión personal, pero no se puede estar así a estas alturas de siglo, sobre todo no cuando en zona mauritana todo es mucho más ágil. La mañana va pasando: colas, discusiones, gente que constantemente se salta la cola y risas que se escuchan venir desde dentro de la oficina que nos hacen intuir que más de un dirham se está moviendo de mano en mano. Finalmente pasamos y se inicia otra de las aventuras que esperábamos en este viaje. Julio y Jesulín conocen a una persona que se dedica a comerciar con coches y se ofrece amablemente para guiarnos por No man’s land, un pedazo de tierra de una longitud de ubnos 4 kiloómetros que no pertenece a nadie y donde ver coches de primeras marcas abandonados es tan habitual como ver trapichear con ellos. Con no cierta dificultad cruzamos el páramo, dejando detrás a nuestro guía que tiene que dejar su Mercedes atascado por haber elegido el mal camino. Le deseamos suerte después de haber intentado con él sacar su coche y proseguimos hacia la frontera mauritana. Papeleos y más papeleos, Gente que nos pide dinero por arreglar nuestros papeles, pero finalmente no pagamos más que lo estipulado: 15€ en concepto de seguro y estamos en Mauritania. Nos dirigimos rápidamente hacia Nouadhibou donde encontramos fácilmente el cámping Chez Abba en el que pernoctamos después de una cena abundante que nos sienta de maravilla.